martes, 7 de noviembre de 2017

El aborto

Me preguntan por una posición razonable, lógica y humanista ante el problema del aborto voluntario.

 

De entrada no lo sé, pero de entrada nadie lo sabe. Sólo puedo ofrecer algunas reflexiones tratando de ser razonable y humanitario.

La interrupción de un embarazo es un asunto en extremo delicado y conozco personas racionales y humanistas que se oponen a él en términos bastante enérgicos y con buenos argumentos.

Yo, personalmente, opino que la decisión de interrumpir un embarazo es extremadamente difícil, dura y trascendente, y por tanto sólo puede competer a la mujer implicada, no a nadie más. Puede consultar a su familia, al médico, al futuro padre, pero la decisión es de la mujer afectada. Nadie que no sea ella debería tener derecho alguno a obligarla en un sentido o en otro. Y menos aún quienes nunca podrán sufrir un embarazo no deseado por ser hombres.

Moralmente, creo que lo real se debe privilegiar sobre lo potencial, es decir, que resulta más defensible una mujer que, estoy seguro, y puedo demostrar, que es un ser humano con sentimientos, deseos, emociones, proyectos, sueños, capacidad de sufrimiento, expectativas de futuro y capacidad de ejercer su libertad que un feto que es una potencialidad que, en el futuro, podría o no convertirse en un ser humano con todas esas características y que nadie puede demostrar que es ya un humano igual a la mujer.

La donación de sangre y órganos es voluntaria, y sabemos perfectamente que si más de nosotros donáramos, salvaríamos más vidas. Pero no se obliga a nadie a donar sus órganos, ni en vida ni después de la muerte. ¿Por qué obligar a una mujer a donarle a un ser potencial todas sus necesidades durante la gestación y durante años y años por venir, cancelando todos sus proyectos por un acontecimiento fortuito? Me parece lógico que esa decisión sea también voluntaria.

También me queda claro que a lo largo de la historia distintas sociedades y culturas han considerado que la interrupción del embarazo no es la destrucción de un ser humano, sino sólo de una potencialidad. En la propia Biblia, en el libro del Éxodo 21:22 leemos "Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y ésta abortare, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces". Es decir, deben pagar una multa porque "no hubo muerte" de una persona ya nacida. En el siguiente versículo aclara: "Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida". Entre los romanos, el infanticidio y el abandono eran comunes en caso de embarazos no deseados (o si el producto era mujer) pues no se consideraba a los bebés ciudadanos de pleno derecho. Distintos papas han expresado distintos dogmas a lo largo de los siglos, y distintas religiones tienen posiciones igualmente diversas. Así que las tradiciones e invocaciones del pasado resultan poco útiles como patrones de comparación.

Nadie sabe si existe "el alma", mucho menos si ésta es inyectada o no al óvulo en el momento de la concepción. Nadie sabe en qué momento un feto tiene conciencia de ser, emociones o sentimientos, o en qué momento tiene agencia moral, y argumentar al respecto es vano porque los argumentos se producen a consecuencia de la posición que uno tiene y no al revés, que sería lo lógico: analizar los argumentos y tomar una posición

Un baremo objetivo, que no depende de opiniones, es la viabilidad del feto. Es a partir del momento en que el feto puede vivir independientemente de la madre que se le puede considerar un individuo, pero hasta ese momento lo razonable es darle un valor superior a la mujer embarazada.

Más allá, no creo que nunca se solucione satisfactoriamente el dilema que presenta un embarazo no deseado, por lo enormemente emocional que es el tema. Como en otros casos, la sociedad debe encontrar soluciones satisfactorias que deben ser independientes de las posiciones individuales, especialmente las represivas, las religiosas, las autoritarias y las que pretenden conculcar derechos a personas reales en favor de personas potenciales. 

jueves, 9 de febrero de 2017

El nacionalismo


El nacionalismo es una forma del gregarismo humano, un sentimiento indispensable para sobrevivir. Individualmente, el entorno nos puede comer con facilidad, matarnos de frío, anularnos. Solos somos débiles, vulnerables, primates temerosos salvo muy contadas excepciones. Históricamente, el ser humano sólo se entiende en grupo: caza en grupo, defiende a sus crías en grupo, decide en grupo y acumula y transmite conocimiento en grupo.

El problema es que esa conciencia de nuestro grupo, de "nosotros", implica con frecuencia como elemento definitorio a "ellos", "los otros", la tribu de aquel lado del río, el reino de junto, la gente del otro edificio, los individuos de color desusado, los que vienen de detrás de las montañas, los que le rezan a dioses sospechosos, los que hablan raro, etc. Facilita la definición de nuestro grupo por exclusión, por lo que queda fuera: "nosotros" somos los que no son "los otros". 

Este tribalismo es comprensible a ciertos niveles, inevitable a veces, pero lamentable cuando va más allá del chiste, el júbilo deportivo o la pasión por la música y los disfraces (perdón, trajes regionales) de nuestra infancia o juventud y se convierte en motivo de acción política excluyente y de odio en nombre de un trapo (digo, una bandera), una canción militar mala (digo, el himno nacional) y un orgullo definido porque ellos hablan raro y además creen que hablamos raro (digo, el orgullo del idioma nacional).

Pero como tantas tonterías del pasado, estorba.

Todos experimentamos ese gregarismo porque es una forma cálida de la lírica: los héroes del pasado soñaron un futuro mejor para nosotros sin conocernos; somos agradecidos porque nuestra tribu no nos mató al nacer y nos dio idioma, educación, forma de ser; nos guste o no nuestra cultura es bastante definitoria, al menos como punto de partida para buscar el cosmopolitismo o la universalidad.



Carl Sagan decía (si mal no recuerdo) que el avance del hombre había ido a la par del avance de la familia al clan, a la tropa, a la tribu, a la ciudad estado, a las uniones regionales, al estado nacional, a las federaciones supranacionales (como la UE)... es decir, el progreso forma un continuo en el que la idea de "nosotros" va ampliándose y al ampliarse nos fortalece en lugar de debilitarnos como creen los tribalistas que siguen temiendo que los recursos escaseen por compartir con los otros. Es por tanto dable pensar que si es mejor ser pueblo que tribus, si nos resulta más beneficioso ser nación que ser pueblos aislados, lo ideal es intentar avanzar hacia un "nosotros" que incluya a los siete mil millones de seres humanos que habitamos este planeta.

Sí, en un pasado lejano o en condiciones extremas, es posible que el usufructo de recursos de "los otros" nos pusiera en peligro de hambruna, de ser devorados por depredadores, de perder cobijo y morir de frío, y esto fortalecía al gregarismo. Y si bien es parte de nosotros mismos, culturalmente nuestra obligación es evitar que sobrepase ciertos límites, como lo hacemos con otras partes de nosotros mismos, como la tendencia a la violencia o el miedo irracional. Está muy bien tener un equipo de fútbol y desear que gane y venza a "los otros" y gritar un gol y saltar como monos de película cuando ganamos una copa o algún otro símbolo sin valor intrínseco y que realmente no nos da nada a nosotros... pero esto no debe implicar también romperle la crisma a los otros, a los partidarios del equipo vencido, matarlos o violar a sus mujeres y comernos a sus hijos.

Ese cambio es la civilización, la revolución en la evolución que iniciaron especies anteriores a la nuestra. Por ello nuestra sociedad no sólo es de recursos materiales. Es fundamentalmente de conocimiento, sin el cual no podemos operar efectivamente sobre los recursos (minería, agricultura, transporte).

El conocimiento tiene dos características singulares que no estaban en el guión original de la vida. Primero que nada que, a diferencia de las manzanas, el sílex o los autos deportivos, el conocimiento se multiplica al compartirlo. Y, segundo, el conocimiento multiplica los satisfactores: con mejor conocimiento, el número de zapatos y los kilos de arroz, los hectolitros de agua potable y los archivos MP3 son mayores que en estado de ignorancia y mientras más gente tenga conocimiento, más multiplicará los satisfactores, y encontrará nuevas y mejores formas de obtenerlos.

Pero en tiempos de crisis, la idea tribal resurge con fuerza porque es la más fácil coartada para el demagogo. Si faltan satisfactores (comida, crédito, empleo, escuela) buscamos culpables, buscamos a "los otros" responsables de nuestra desgracia. Y resurge el peor rostro del tribalismo primigenio: los inmigrantes nos quitan el trabajo, los vecinos se aprovechan de nosotros, el otro nos roba, los políticos se confabulan contra nosotros (todo esto puede tener alguna dosis de verdad, pero no es la verdad completa ni mucho menos), la culpa de todo la tienen los alemanes (rusos, estadounidenses, franceses, chinos, urdus)... estaríamos mejor decidiendo por nosotros mismos y sin pensar en ellos qué queremos hacer (entendido ese "nosotros" como otra construcción tan arbitraria como cualquier otra). Si nos separamos de ellos (o los matamos, o los expulsamos, o los esclavizamos) todo se resolverá.

(El nacionalismo nunca ha sido una solución, siempre ha sido un problema, por cierto.)

Y éste es el discurso más propio de la derecha, el más básico, el más brutal. El de Hitler en la Alemania arruinada por el Tratado de Versalles que condena como culpables de sus males a todos los "otros", los de adentro (discapacitados, comunistas, homosexuales, miembros de religiones desusadas, judíos) y los de afuera (polacos, checos, franceses, ingleses). El discurso de los neonazis griegos machacando inmigrantes y golpeando a políticos con toda impunidad. El de los políticos del PP que excluyen a los inmigrantes de "nuestra" sanidad como si ello realmente significara más aspirinas para todos (cuando lo demostrable es precisamente lo contrario, se pone en peligro la salud de todos, inmigrantes o "cristianos viejos"). El de los militantes del 15M que hacen un movimiento de "todos" excepto una lista impresionantemente larga y diversa de personas y colectivos (militantes de partidos tradicionales, disidentes, empresarios, políticos, pensadores independientes, etc.) donde los de afuera acabaron siendo más que los "todos" de adentro.

¿Izquierda nacionalista?

Si el progreso se beneficia de la unión de más grupos humanos formando colectivos más amplios, más diversos y por ende más fuertes, lo mismo se puede decir del esfuerzo político por conseguir una sociedad más igualitaria.

El sindicato es la forma que han encontrado los trabajadores de no negociar inevitablemente desde una posición de debilidad, por ejemplo. Un trabajador sentado ante el representante de Recursos Humanos de una empresa (incluso la empresa más consciente, noble y justa que podamos imaginar) es infinitamente más débil que un representante de 250 trabajadores, que es fuerte y puede negociar.

Y una federación de sindicatos es más fuerte que los sindicatos solos.

La democracia es la fuerza de los números, ni más ni menos.

La izquierda ha planteado precisamente que las subdivisiones entre seres humanos son arbitrarias, empobrecedoras, injustas y debilitantes (y la ciencia poco a poco va validando esta idea: no hay razas, no hay "estirpes superiores", no hay inferioridad por nacionalidad, origen étnico, género, preferencias sexuales, religión y etcétera). Todos los seres humanos son diferentes pero iguales, todos merecen los mismos derechos, las mismas oportunidades y las mismas libertades incluso pese a las desigualdades que inevitablemente van a surgir, por méritos, por vocaciones o por cualquier otro motivo. La izquierda rechaza los privilegios hereditarios, las monarquías y los esquemas nobiliarios.

Inevitablemente, entonces, la izquierda es internacionalista, porque su solidaridad y convicciones no se detienen en las fronteras y entiende que las diferencias entre las naciones son accidentales (como la cultura o el idioma) o producto de injusticias que deben solventarse.

El nacionalismo, sin embargo, parte necesariamente de la base de que los valores propios son intrínsecamente superiores, mejores, preferibles, más bonitos que otros, y merecen un trato de privilegio mientras que los valores del otro son menores, despreciables y malévolos. El nacionalismo implica creer que el que nace de aquel lado de una línea arbitraria e imaginaria trazada sobre la tierra no merece lo mismo que los que nacen de este lado, que merecen privilegios especiales porque son de "nuestra" nación, y que no deben tomar en cuenta a "ellos", a "los otros" en sus decisiones y accionar porque son "extranjeros", de otra nación, adversarios y competidores.

Que una persona pueda mantener al mismo tiempo una posición de izquierda y llamarse nacionalista me parece una disonancia cognitiva de primer orden, cuando menos.

Al final, y atengámonos a los ejemplos que podemos ver en la historia y en lo cotidiano, esa supuesta "izquierda nacionalista" siempre termina apropiándose de todo el imaginario xenofóbico so pretexto de la "autodeterminación de los pueblos" (con una raya en el agua decidiendo, por alguna característica arbitraria como si se habla o no de cierta manera, dónde termina "su" pueblo y dónde comienza "el otro" odiado pueblo, que ya se puede morir de hambre si quiere. Es una izquierda que sí, busca un mejor futuro, quizá incluso con una economía más o menos socializada, un estado de bienestar, una sociedad justa y justiciera, pero sólo para los que tengan la suerte de quedar de este lado de la raya... cosa que parece lo contrario al solidarismo, el internacionalismo y la justicia que deberían caracterizar a la izquierda.

Los trabajadores y los progresistas divididos por fronteras y enfrentados por banderas tienen menos probabilidades de hacer efectivas sus reivindicaciones que si luchan unidos.

Antinacionalismo

"Calle sin odio" en Antwerp, Bélgica, como parte de una campaña antixenófoba en 2006. (foto de google imágenes)

Ser enemigo de los mitos nacionalistas no implica buscar anular las identidades y pluralidad de los grupos humanos. Sería una tarea titánica. Pero sí se puede promover la integración de las distintas identidades en una identidad superior, sumar en vez de sustituir. El antinacionalismo no exige que nadie deje de sentirse como se siente, sólo busca que esa identidad básica se amplíe generosamente lo más posible: soy limeño o loretano o puneño como punto de partida, pero soy peruano pero soy latinoamericano pero soy humano. Y, de paso, lo mejor de todas las culturas me pertenece. No me puedo excluir de la pintura francesa por no ser francés, ni del blues del Mississippi por no ser estadounidense, negro y del sur.

Si Tsiolkovsky dijo, para argumentar en favor de los viajes espaciales, que la Tierra era la cuna del ser humano, pero el hombre no puede vivir para siempre en la cuna, lo mismo se puede decir de los regionalismos y los nacionalismos. Uno nace en su familia, su barrio, su población, su región y su nación. Pero no puede, ni debe, ni le conviene en justicia como individuo y como parte de una sociedad, quedarse allí para siempre.

La nación se basa precisamente en convicciones como "yo pertenezco aquí - yo no pertenezco allá - ellos pertenecen allá - ellos no pertenecen aquí". El antinacionalismo tiende a la destrucción de los estados nacionales en favor de una visión federal global. Yo pertenezco aquí y también en todo el mundo. No soy extranjero en ningún lugar y no veo a nadie como extranjero.

El nacionalismo es una de las más notables formas de la estupidez individual y colectiva, y la historia lo demuestra reiteradamente. Por eso me merece exactamente tan poco respeto como las religiones... finalmente porque en cierto modo es una forma de religión. Progresar hacia un mundo más justo, más equitativo y más libre exige no sólo luchar por la desaparición de los estados nacionales, sino la educación en la identidad esencial de todos los seres humanos, donde el hambre de otro valga tanto como la de uno mismo. Vamos, lo que ya dijo John Donne en el siglo XVII: "La muerte de cada hombre me disminuye porque estoy implicado en la humanidad" (any man's death diminishes me, because I am involved in mankind).

lunes, 23 de enero de 2017

Significado de la vida

Me preguntan sobre la existencia en sí. "Un por qué o un para qué. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. ¿Algo más? (En tu opinión) Y no, no estoy pensando en una idea sobrenatural o similares."

A ver.

Nacemos. Para ello, primero, tuvo que existir el universo, y las estrellas en las que se forjaron los elementos que nos componen (los elementos con número atómico por encima del hierro se hicieron en explosiones de supernovas, que es un principio potente). Luego un planeta con las condiciones adecuadas para que apareciera la vida. Luego miles de millones de años de evolución hasta que apareció la cultura como nueva forma de supervivencia, y algunas especies que tuvieron cultura antes de que apareciera la nuestra, que al cabo de unos cientos de miles de años nos engendró a nosotros.

De momento, no me parece poco.

Crecemos. Nos desarrollamos física y mentalmente expresando parte de nuestra herencia genética. Aprendemos a no meter la pata demasiado y no matarnos. Nos relacionamos con otras personas, nos quieren y queremos. Padres, parientes, amigos, cuidadores. Nos hacen daño, aprendemos a sobrevivirlo. Y en el proceso adquirimos parte de la cultura que nuestra especie ha acumulado. Aprendemos a entender parte del universo, descubrimos nuestros gustos estéticos (música, poesía, pintura, escultura, fotogafía, cine, teatro, narrativa).

Sigue sin parecer poco.

Nos reproducimos. El mayor placer que estamos diseñados para experimentar al servicio de la continuidad de la especie (y una cultura que nos permite disfrutarlo sin reproducirnos, que no está mal). Experimentamos el enorme júbilo y responsabilidad de ser padres, de guiar a otro ser humano para seguir el camino.

No es poco, tampoco.

Morimos... A ver, espera un poco porque entremedio te faltó parte de la historia. Nacemos, crecemos, nos reproducimos, gozamos, amamos, nos aman, reímos, lloramos, luchamos, ganamos, perdemos, soñamos, aprendemos, descubrimos, construimos, hacemos, pensamos, sentimos, comemos, jugamos, cantamos, nos lesionamos, nos enfermamos, seguimos aprendiendo, disfrutamos, nos sorprendemos, nos asombramos, nos solidarizamos, empatizamos, hacemos otras muchas cosas y luego morimos, en general con menos dolor y sufrimiento que nuestros ancestros.
No me hace falta nada más. No creo que sea necesario un para qué fuera del sentido que nosotros le damos. Para nacer, crecer, reproducirnos, gozar, amar, ser amados, reir, etc.

La pregunta "¿por qué?" es una trampa boba porque presupone que existe un por qué, que hay una causa profunda y volitiva de nuestra existencia. Antes de responder a "¿por qué?" habría que demostrar que existe tal por qué, que hay una causa profunda. La pregunta es una simple antropomorfización, la idea de que el universo es como nosotros y tiene deseos, voluntad, proyectos y demás. No hay evidencias de ello.
Es una de las preguntas que las religiones y los místicos dicen que ellos sí pueden responder y la ciencia no. Aunque la trampa es que la pregunta no tiene sentido... y las respuestas son inventadas, como las frases de Jodorowsky, vaya.