Encuentro difícil culpar a los
gobiernos de lo que está pasando, pero también encuentro difícil culpar a la
gente que, por lo que veo, se está limitando a actuar como gente...
En los peores desastres naturales, en epidemias, en guerras, en la cárcel, en los antiguos y aterradores manicomios, en campos de refugiados y en campos de concentración y trabajo, la gente intenta construir una sociedad "normal": juegan, se quieren, se pelean, se divierten.
El relato moral de "La máscara de la muerte roja" del bueno y viejo Edgar Allan Poe es revelador. Tratar de aislarse y seguir la vida puede no tener sentido. Es decir "vamos a morir todos" por un lado, cierto...
Pero por otro está ese sentimiento contado por Juan del Encina cerrando el medievo: Hoy comamos y bebamos y cantemos y holguemos, que mañana ayunaremos (o moriremos, claro)"...
¿Cuál es la lógica de los bailes en el metro de Londres mientras la aviación nazi bombardea la ciudad? Es la misma de Guido Orefice, el protagonista de "La vida es bella" que trata de convertir la vida en el campo de concentración en un juego.
La opción opuesta es adoptar la posición fetal en un rincón y morir de desesperanza pura. Muchos lo han hecho. Pero hablamos de sobrevivir a una situación terrible donde la muerte parece estarse repartiendo al azar, donde buscar culpables es apenas un alivio, así sean falsos.
Muchos jóvenes han sido enormemente irresponsables. Entre otras cosas porque son jóvenes y a los 20 todos (to-dos) nos creemos inmortales. Y claro, con derecho a divertirnos por encima de todo, que igual luego eso ya no es tan fácil...
Es incómodo decirlo, pero la idea que subyace es que la gente se muere de todos modos, parece inevitable, y no podemos dejar que eso nos detenga. Estamos dispuestos (sí, es inquietante) a pagar con un determinado número de muertes el mantenimiento de nuestra vida "normal".
Quienes hoy piden otro confinamiento estricto como el de marzo tienen razón fácticamente, pero pierden el rastro, como todo utopista, del hecho humano, de las subjetividades que empapan todo el debate sobre qué hacer con una pandemia de la que sabiendo tanto sabemos poco. La gente se va a comportar mal, no por maldad, sino por ser gente. No que no sea necesario controlarlo, pero es inútil esperar que cambien de forma de ser "sólo" porque hay un virus que amenaza con matar quizás a un 1% de la población, suena a poco...
Me preocupa que las soluciones más drásticas para este y todos los problemas humanos, son enormemente ciegas a cómo somos, a cómo nos ha moldeado la evolución, a la resiliencia mental, al wishful thinking. Decrecentistas, anarquistas, comunistas, pierden ese elemento clave.
Los escritores ya están escribiendo sobre la pandemia, los músicos haciendo música sobre "Queen COVID-19" y habrá comedia, y habrá quizás cómics y pinturas... Parece indolencia pero es supervivencia. De verdad, no tenerlo en cuenta me parece suicida. Muchos creen que están escribiendo el Decamerón del siglo XXI, otros sólo quieren ir a un bar con los amigos y ver el partido como siempre. ¿Hacen mal? Sí. Pero, ¿cómo convencerlos? Pocos parecen interesados.
Cuando se sortea la muerte, pocos temen ser los ganadores. Al pensar qué tanto va a cambiar la vida, a la larga, con la pandemia, no hay respuesta. Debería cambiar mucho y pronto, quizás cambie poco y al paso del tiempo. Como en la Europa de la Peste Negra.
Por eso el debate economía-salud tampoco se puede reducir a los maximalismos de la polarización que nos agobia. Negar la relevancia de uno de los dos aspectos es hacerse tonto en nombre de la ideología o de llevarle la contra al tonto de enfrente.
Todos quieren sonar más "buenos" hablando de los daños que se pueden sufrir si se favorece un elemento u otro en las decisiones de gobierno. El problema es que el gobierno tiene que pensar en ambas y no satisfacer a nadie. Es fácil pedir soluciones perfectas, pero no existen.
Así que tenemos que vivir con nuestras imperfecciones, asumirlas racionalmente y superarlas del mismo modo o flagelarlas como si fuera tan sencillo anularlas, hacer el santo para satisfacción propia mientras los demás sufren el látigo de nuestro desprecio...
Yo no olvidaría cómo somos. En esta pandemia ni nos redimiremos ni es nuestro camino a Damasco como especie. Pensemos cómo somos al apuntar alto, porque cuando hemos llegado alto ha sido así, como pequeños primates afortunados e imperfectos que cambian lentamente.
Creo yo.