domingo, 24 de julio de 2022

Sobre el consumo de bebidas alcohólicas

Hoy en día vivimos en una sociedad alcohólica (muy dependiente del alcohol). El alcohol lleva miles de años integrado culturalmente en nuestras vidas, y es difícil ignorarlo. Lo habitual es beber alcohol con regularidad y no plantearse si quiera el dejar de beber. Al contrario, muchas personas penalizan hablar del tema. La sobriedad es un tema casi tabú en muchos círculos.

Y en esta sociedad alcohólica, es mucho más frecuente mirar mal a las personas que deciden no beber, en lugar de a las personas que beben demasiado o que incluso han desarrollado un fuerte problema de dependencia (poniéndose en peligro a sí mismas y a otras personas alrededor). Dejar de beber es una decisión muy valiente, teniendo en cuenta el rechazo que puede causar en algunas personas. Pero tranqui, porque es más fácil de lo que parece. Haz de tu sobriedad algo oficial.

La mayoría de la gente con la que he hablado del tema de dejar de beber, me han contado que lo llevaron en secreto y ni se plantearon contárselo a nadie. Y yo siempre me sorprendo, y a la vez no tanto. Me sorprendo porque una decisión así de importante creo que deberíamos gritarla con orgullo a los cuatro vientos. Pero a la vez, no me sorprende tanto, porque entiendo el miedo y vergüenza que esto supone para muchas personas.

Si has decidido que quieres dejar el alcohol, es posible que no se lo hayas dicho a nadie porque: Te da miedo que piensen que dejas de beber porque tienes alcoholismo; Te da miedo que te rechacen, te vean como un bicho raro, dejen de llamarte para las reuniones; Te da miedo decirlo y tener una recaída en el futuro, y pasar vergüenza por no haber cumplido tu palabra. Y seguro que a ti se te ocurren más razones para no contarle a nadie que has dejado de beber (o que planeas hacerlo). Pero es que también tiene muchas ventajas.

Por ejemplo, al hacer público tu compromiso, se siente más tangible, más real. Es algo así como una cuestión de identidad. Una cosa es ir al gimnasio de vez en cuando, y otra es apuntarte a una mensualidad, comprarte equipamiento, compartir tus logros en las redes sociales y que tus amigos te empiecen a llamar "el fitness". En el segundo escenario, es más probable que vuelvas al gimnasio después de haber fallado unos días o semanas (una "recaída"), porque ves el “ir al gimnasio” como una pieza de tu identidad, tu manera de verte, y sobre cómo la gente te percibe.

Con el alcohol pasa algo parecido. Es una decisión importante, muy valiente por el rechazo que causa a ciertos sectores de la sociedad. Es algo así como "salir del armario". Muchas personas con las que he hablado en terapia sobre dejar de beber me cuentan cómo tenían miedo que sus familias se preocupasen, que sus amigos no les tomasen en serio o incluso cuestionasen su decisión. Pero a la hora de la verdad, cuando hablamos con personas que nos aprecian de verdad, solo vamos a recibir apoyo.

Piénsalo. Las personas que no te apoyen en una decisión así de buena (buena para tu salud mental, buena para tu salud física) solo estarán demostrando que te tienen cierta envidia y que en realidad lo que más les preocupa es no tener a más gente bebiendo con ellas.

Dejar de beber crea incomodidad en las personas que tienen un problema con el alcohol, pero todavía no han dado el paso. Y no pasa nada. No tienes control sobre esas personas ni sobre sus decisiones ni lo que decidan pensar sobre ti. Eso es cosa de ellas. En realidad, en mi experiencia y en la de muchas personas con las que he trabajado en terapia, las personas más cercanas y que más te quieren casi siempre apoyarán tu decisión de dejar el alcohol, se alegrarán por ti. Además, mantener en secreto una decisión así solo deja la puerta abierta a vuelvas a beber alcohol fácilmente, ante cualquier pequeña tentación o presión social. Piénsalo. Si dejas el alcohol al estilo silencioso (sin contárselo a nadie más), será más probable que generes excusas para seguir bebiendo. Declarar públicamente tu sobriedad es un gran paso en tu compromiso y que tu decisión va en serio. Y ahora… ¿Cómo decirle a la gente que has dejado el alcohol? Obviamente, no tienes por qué forzarlo y soltarlo en el momento en que estes hablando sobre la última película de Thor, puedes decirlo con toda la naturalidad del mundo la próxima vez que se sienten a tomar algo o a cenar en un restaurante y les pregunten por las bebidas. O si te ofrecen una bebida alcohólica, puedes decir, sin más "no gracias, no bebo".

De verdad, ante esta frase, el 99% de la gente asentirá y seguirá hablando de otras cosas, te dejarán disfrutar de tu agua.

De vez en cuando te encontrarás a alguna persona a la que le rompa un poco los esquemas y se ponga a preguntarte que por qué has dejado de beber. Incluso puede que te haga alguno de esos comentarios tan groseros como bromear sobre si estás enfermo/a, eres alcohólico/a o que estás embarazada. Contesta respetuosamente, con naturalidad y de forma directa, que has decidido dejar de beber porque te diste cuenta de que no te aportaba nada. Y si tienes mucha confianza con esa persona y le quieres contar tus razones más íntimas para querer dejar de beber, perfecto. Pero no es obligatorio. No sientas que tienes que justificarte ante los demás por tu decisión de dejar de beber, porque no es así. No necesitas la aprobación de nadie en esto.

Dejar de beber es una decisión valiente que no todo el mundo está preparado para tomar. Es algo que te debería hacer sentir orgullo, no vergüenza. No lo escondas, siéntete cómodo/a en ese nuevo aspecto de tu identidad. Es difícil, lo sé y es porque hay muchísima presión social en contra. Lo que estoy diciendo es que hay que mirar a ese miedo a "ser diferente" y atravesarlo hasta que llegas al otro lado, y ves que todo en la vida es más brillante y se disfruta más. 


 

domingo, 25 de octubre de 2020

Situación actual


Encuentro difícil culpar a los gobiernos de lo que está pasando, pero también encuentro difícil culpar a la gente que, por lo que veo, se está limitando a actuar como gente...

La pandemia no ha remitido. Nos hicimos algunas ilusiones y aflojamos, pero no estoy seguro de que aún sin aflojar tanto no hubiera habido el recrudecimiento de los contagios. Es sólo una impresión de que hay mucho de aleatorio en la propagación del virus. Cierto, no estamos viendo a los muertos en las calles ni oliendo el aroma de la descomposición como pasó en pandemias antiguas, y quizá eso nos hace un poco más indolentes. Pero sólo un poco. En resumen, la gente quiere seguir con su vida.

En los peores desastres naturales, en epidemias, en guerras, en la cárcel, en los antiguos y aterradores manicomios, en campos de refugiados y en campos de concentración y trabajo, la gente intenta construir una sociedad "normal": juegan, se quieren, se pelean, se divierten.

El relato moral de "La máscara de la muerte roja" del bueno y viejo Edgar Allan Poe es revelador. Tratar de aislarse y seguir la vida puede no tener sentido. Es decir "vamos a morir todos" por un lado, cierto...

Pero por otro está ese sentimiento contado por Juan del Encina cerrando el medievo: Hoy comamos y bebamos y cantemos y holguemos, que mañana ayunaremos (o moriremos, claro)"...

¿Cuál es la lógica de los bailes en el metro de Londres mientras la aviación nazi bombardea la ciudad? Es la misma de Guido Orefice, el protagonista de "La vida es bella" que trata de convertir la vida en el campo de concentración en un juego.

La opción opuesta es adoptar la posición fetal en un rincón y morir de desesperanza pura. Muchos lo han hecho. Pero hablamos de sobrevivir a una situación terrible donde la muerte parece estarse repartiendo al azar, donde buscar culpables es apenas un alivio, así sean falsos.

Muchos jóvenes han sido enormemente irresponsables. Entre otras cosas porque son jóvenes y a los 20 todos (to-dos) nos creemos inmortales. Y claro, con derecho a divertirnos por encima de todo, que igual luego eso ya no es tan fácil...

Es incómodo decirlo, pero la idea que subyace es que la gente se muere de todos modos, parece inevitable, y no podemos dejar que eso nos detenga. Estamos dispuestos (sí, es inquietante) a pagar con un determinado número de muertes el mantenimiento de nuestra vida "normal".

Quienes hoy piden otro confinamiento estricto como el de marzo tienen razón fácticamente, pero pierden el rastro, como todo utopista, del hecho humano, de las subjetividades que empapan todo el debate sobre qué hacer con una pandemia de la que sabiendo tanto sabemos poco. La gente se va a comportar mal, no por maldad, sino por ser gente. No que no sea necesario controlarlo, pero es inútil esperar que cambien de forma de ser "sólo" porque hay un virus que amenaza con matar quizás a un 1% de la población, suena a poco...

Me preocupa que las soluciones más drásticas para este y todos los problemas humanos, son enormemente ciegas a cómo somos, a cómo nos ha moldeado la evolución, a la resiliencia mental, al wishful thinking. Decrecentistas, anarquistas, comunistas, pierden ese elemento clave.

Los escritores ya están escribiendo sobre la pandemia, los músicos haciendo música sobre "Queen COVID-19" y habrá comedia, y habrá quizás cómics y pinturas... Parece indolencia pero es supervivencia. De verdad, no tenerlo en cuenta me parece suicida. Muchos creen que están escribiendo el Decamerón del siglo XXI, otros sólo quieren ir a un bar con los amigos y ver el partido como siempre. ¿Hacen mal? Sí. Pero, ¿cómo convencerlos? Pocos parecen interesados.

Cuando se sortea la muerte, pocos temen ser los ganadores. Al pensar qué tanto va a cambiar la vida, a la larga, con la pandemia, no hay respuesta. Debería cambiar mucho y pronto, quizás cambie poco y al paso del tiempo. Como en la Europa de la Peste Negra.

Por eso el debate economía-salud tampoco se puede reducir a los maximalismos de la polarización que nos agobia. Negar la relevancia de uno de los dos aspectos es hacerse tonto en nombre de la ideología o de llevarle la contra al tonto de enfrente.

Todos quieren sonar más "buenos" hablando de los daños que se pueden sufrir si se favorece un elemento u otro en las decisiones de gobierno. El problema es que el gobierno tiene que pensar en ambas y no satisfacer a nadie. Es fácil pedir soluciones perfectas, pero no existen.

Así que tenemos que vivir con nuestras imperfecciones, asumirlas racionalmente y superarlas del mismo modo o flagelarlas como si fuera tan sencillo anularlas, hacer el santo para satisfacción propia mientras los demás sufren el látigo de nuestro desprecio...

Yo no olvidaría cómo somos. En esta pandemia ni nos redimiremos ni es nuestro camino a Damasco como especie. Pensemos cómo somos al apuntar alto, porque cuando hemos llegado alto ha sido así, como pequeños primates afortunados e imperfectos que cambian lentamente. 

Creo yo.

martes, 7 de noviembre de 2017

El aborto

Me preguntan por una posición razonable, lógica y humanista ante el problema del aborto voluntario.

 

De entrada no lo sé, pero de entrada nadie lo sabe. Sólo puedo ofrecer algunas reflexiones tratando de ser razonable y humanitario.

La interrupción de un embarazo es un asunto en extremo delicado y conozco personas racionales y humanistas que se oponen a él en términos bastante enérgicos y con buenos argumentos.

Yo, personalmente, opino que la decisión de interrumpir un embarazo es extremadamente difícil, dura y trascendente, y por tanto sólo puede competer a la mujer implicada, no a nadie más. Puede consultar a su familia, al médico, al futuro padre, pero la decisión es de la mujer afectada. Nadie que no sea ella debería tener derecho alguno a obligarla en un sentido o en otro. Y menos aún quienes nunca podrán sufrir un embarazo no deseado por ser hombres.

Moralmente, creo que lo real se debe privilegiar sobre lo potencial, es decir, que resulta más defensible una mujer que, estoy seguro, y puedo demostrar, que es un ser humano con sentimientos, deseos, emociones, proyectos, sueños, capacidad de sufrimiento, expectativas de futuro y capacidad de ejercer su libertad que un feto que es una potencialidad que, en el futuro, podría o no convertirse en un ser humano con todas esas características y que nadie puede demostrar que es ya un humano igual a la mujer.

La donación de sangre y órganos es voluntaria, y sabemos perfectamente que si más de nosotros donáramos, salvaríamos más vidas. Pero no se obliga a nadie a donar sus órganos, ni en vida ni después de la muerte. ¿Por qué obligar a una mujer a donarle a un ser potencial todas sus necesidades durante la gestación y durante años y años por venir, cancelando todos sus proyectos por un acontecimiento fortuito? Me parece lógico que esa decisión sea también voluntaria.

También me queda claro que a lo largo de la historia distintas sociedades y culturas han considerado que la interrupción del embarazo no es la destrucción de un ser humano, sino sólo de una potencialidad. En la propia Biblia, en el libro del Éxodo 21:22 leemos "Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y ésta abortare, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces". Es decir, deben pagar una multa porque "no hubo muerte" de una persona ya nacida. En el siguiente versículo aclara: "Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida". Entre los romanos, el infanticidio y el abandono eran comunes en caso de embarazos no deseados (o si el producto era mujer) pues no se consideraba a los bebés ciudadanos de pleno derecho. Distintos papas han expresado distintos dogmas a lo largo de los siglos, y distintas religiones tienen posiciones igualmente diversas. Así que las tradiciones e invocaciones del pasado resultan poco útiles como patrones de comparación.

Nadie sabe si existe "el alma", mucho menos si ésta es inyectada o no al óvulo en el momento de la concepción. Nadie sabe en qué momento un feto tiene conciencia de ser, emociones o sentimientos, o en qué momento tiene agencia moral, y argumentar al respecto es vano porque los argumentos se producen a consecuencia de la posición que uno tiene y no al revés, que sería lo lógico: analizar los argumentos y tomar una posición

Un baremo objetivo, que no depende de opiniones, es la viabilidad del feto. Es a partir del momento en que el feto puede vivir independientemente de la madre que se le puede considerar un individuo, pero hasta ese momento lo razonable es darle un valor superior a la mujer embarazada.

Más allá, no creo que nunca se solucione satisfactoriamente el dilema que presenta un embarazo no deseado, por lo enormemente emocional que es el tema. Como en otros casos, la sociedad debe encontrar soluciones satisfactorias que deben ser independientes de las posiciones individuales, especialmente las represivas, las religiosas, las autoritarias y las que pretenden conculcar derechos a personas reales en favor de personas potenciales. 

jueves, 9 de febrero de 2017

El nacionalismo


El nacionalismo es una forma del gregarismo humano, un sentimiento indispensable para sobrevivir. Individualmente, el entorno nos puede comer con facilidad, matarnos de frío, anularnos. Solos somos débiles, vulnerables, primates temerosos salvo muy contadas excepciones. Históricamente, el ser humano sólo se entiende en grupo: caza en grupo, defiende a sus crías en grupo, decide en grupo y acumula y transmite conocimiento en grupo.

El problema es que esa conciencia de nuestro grupo, de "nosotros", implica con frecuencia como elemento definitorio a "ellos", "los otros", la tribu de aquel lado del río, el reino de junto, la gente del otro edificio, los individuos de color desusado, los que vienen de detrás de las montañas, los que le rezan a dioses sospechosos, los que hablan raro, etc. Facilita la definición de nuestro grupo por exclusión, por lo que queda fuera: "nosotros" somos los que no son "los otros". 

Este tribalismo es comprensible a ciertos niveles, inevitable a veces, pero lamentable cuando va más allá del chiste, el júbilo deportivo o la pasión por la música y los disfraces (perdón, trajes regionales) de nuestra infancia o juventud y se convierte en motivo de acción política excluyente y de odio en nombre de un trapo (digo, una bandera), una canción militar mala (digo, el himno nacional) y un orgullo definido porque ellos hablan raro y además creen que hablamos raro (digo, el orgullo del idioma nacional).

Pero como tantas tonterías del pasado, estorba.

Todos experimentamos ese gregarismo porque es una forma cálida de la lírica: los héroes del pasado soñaron un futuro mejor para nosotros sin conocernos; somos agradecidos porque nuestra tribu no nos mató al nacer y nos dio idioma, educación, forma de ser; nos guste o no nuestra cultura es bastante definitoria, al menos como punto de partida para buscar el cosmopolitismo o la universalidad.



Carl Sagan decía (si mal no recuerdo) que el avance del hombre había ido a la par del avance de la familia al clan, a la tropa, a la tribu, a la ciudad estado, a las uniones regionales, al estado nacional, a las federaciones supranacionales (como la UE)... es decir, el progreso forma un continuo en el que la idea de "nosotros" va ampliándose y al ampliarse nos fortalece en lugar de debilitarnos como creen los tribalistas que siguen temiendo que los recursos escaseen por compartir con los otros. Es por tanto dable pensar que si es mejor ser pueblo que tribus, si nos resulta más beneficioso ser nación que ser pueblos aislados, lo ideal es intentar avanzar hacia un "nosotros" que incluya a los siete mil millones de seres humanos que habitamos este planeta.

Sí, en un pasado lejano o en condiciones extremas, es posible que el usufructo de recursos de "los otros" nos pusiera en peligro de hambruna, de ser devorados por depredadores, de perder cobijo y morir de frío, y esto fortalecía al gregarismo. Y si bien es parte de nosotros mismos, culturalmente nuestra obligación es evitar que sobrepase ciertos límites, como lo hacemos con otras partes de nosotros mismos, como la tendencia a la violencia o el miedo irracional. Está muy bien tener un equipo de fútbol y desear que gane y venza a "los otros" y gritar un gol y saltar como monos de película cuando ganamos una copa o algún otro símbolo sin valor intrínseco y que realmente no nos da nada a nosotros... pero esto no debe implicar también romperle la crisma a los otros, a los partidarios del equipo vencido, matarlos o violar a sus mujeres y comernos a sus hijos.

Ese cambio es la civilización, la revolución en la evolución que iniciaron especies anteriores a la nuestra. Por ello nuestra sociedad no sólo es de recursos materiales. Es fundamentalmente de conocimiento, sin el cual no podemos operar efectivamente sobre los recursos (minería, agricultura, transporte).

El conocimiento tiene dos características singulares que no estaban en el guión original de la vida. Primero que nada que, a diferencia de las manzanas, el sílex o los autos deportivos, el conocimiento se multiplica al compartirlo. Y, segundo, el conocimiento multiplica los satisfactores: con mejor conocimiento, el número de zapatos y los kilos de arroz, los hectolitros de agua potable y los archivos MP3 son mayores que en estado de ignorancia y mientras más gente tenga conocimiento, más multiplicará los satisfactores, y encontrará nuevas y mejores formas de obtenerlos.

Pero en tiempos de crisis, la idea tribal resurge con fuerza porque es la más fácil coartada para el demagogo. Si faltan satisfactores (comida, crédito, empleo, escuela) buscamos culpables, buscamos a "los otros" responsables de nuestra desgracia. Y resurge el peor rostro del tribalismo primigenio: los inmigrantes nos quitan el trabajo, los vecinos se aprovechan de nosotros, el otro nos roba, los políticos se confabulan contra nosotros (todo esto puede tener alguna dosis de verdad, pero no es la verdad completa ni mucho menos), la culpa de todo la tienen los alemanes (rusos, estadounidenses, franceses, chinos, urdus)... estaríamos mejor decidiendo por nosotros mismos y sin pensar en ellos qué queremos hacer (entendido ese "nosotros" como otra construcción tan arbitraria como cualquier otra). Si nos separamos de ellos (o los matamos, o los expulsamos, o los esclavizamos) todo se resolverá.

(El nacionalismo nunca ha sido una solución, siempre ha sido un problema, por cierto.)

Y éste es el discurso más propio de la derecha, el más básico, el más brutal. El de Hitler en la Alemania arruinada por el Tratado de Versalles que condena como culpables de sus males a todos los "otros", los de adentro (discapacitados, comunistas, homosexuales, miembros de religiones desusadas, judíos) y los de afuera (polacos, checos, franceses, ingleses). El discurso de los neonazis griegos machacando inmigrantes y golpeando a políticos con toda impunidad. El de los políticos del PP que excluyen a los inmigrantes de "nuestra" sanidad como si ello realmente significara más aspirinas para todos (cuando lo demostrable es precisamente lo contrario, se pone en peligro la salud de todos, inmigrantes o "cristianos viejos"). El de los militantes del 15M que hacen un movimiento de "todos" excepto una lista impresionantemente larga y diversa de personas y colectivos (militantes de partidos tradicionales, disidentes, empresarios, políticos, pensadores independientes, etc.) donde los de afuera acabaron siendo más que los "todos" de adentro.

¿Izquierda nacionalista?

Si el progreso se beneficia de la unión de más grupos humanos formando colectivos más amplios, más diversos y por ende más fuertes, lo mismo se puede decir del esfuerzo político por conseguir una sociedad más igualitaria.

El sindicato es la forma que han encontrado los trabajadores de no negociar inevitablemente desde una posición de debilidad, por ejemplo. Un trabajador sentado ante el representante de Recursos Humanos de una empresa (incluso la empresa más consciente, noble y justa que podamos imaginar) es infinitamente más débil que un representante de 250 trabajadores, que es fuerte y puede negociar.

Y una federación de sindicatos es más fuerte que los sindicatos solos.

La democracia es la fuerza de los números, ni más ni menos.

La izquierda ha planteado precisamente que las subdivisiones entre seres humanos son arbitrarias, empobrecedoras, injustas y debilitantes (y la ciencia poco a poco va validando esta idea: no hay razas, no hay "estirpes superiores", no hay inferioridad por nacionalidad, origen étnico, género, preferencias sexuales, religión y etcétera). Todos los seres humanos son diferentes pero iguales, todos merecen los mismos derechos, las mismas oportunidades y las mismas libertades incluso pese a las desigualdades que inevitablemente van a surgir, por méritos, por vocaciones o por cualquier otro motivo. La izquierda rechaza los privilegios hereditarios, las monarquías y los esquemas nobiliarios.

Inevitablemente, entonces, la izquierda es internacionalista, porque su solidaridad y convicciones no se detienen en las fronteras y entiende que las diferencias entre las naciones son accidentales (como la cultura o el idioma) o producto de injusticias que deben solventarse.

El nacionalismo, sin embargo, parte necesariamente de la base de que los valores propios son intrínsecamente superiores, mejores, preferibles, más bonitos que otros, y merecen un trato de privilegio mientras que los valores del otro son menores, despreciables y malévolos. El nacionalismo implica creer que el que nace de aquel lado de una línea arbitraria e imaginaria trazada sobre la tierra no merece lo mismo que los que nacen de este lado, que merecen privilegios especiales porque son de "nuestra" nación, y que no deben tomar en cuenta a "ellos", a "los otros" en sus decisiones y accionar porque son "extranjeros", de otra nación, adversarios y competidores.

Que una persona pueda mantener al mismo tiempo una posición de izquierda y llamarse nacionalista me parece una disonancia cognitiva de primer orden, cuando menos.

Al final, y atengámonos a los ejemplos que podemos ver en la historia y en lo cotidiano, esa supuesta "izquierda nacionalista" siempre termina apropiándose de todo el imaginario xenofóbico so pretexto de la "autodeterminación de los pueblos" (con una raya en el agua decidiendo, por alguna característica arbitraria como si se habla o no de cierta manera, dónde termina "su" pueblo y dónde comienza "el otro" odiado pueblo, que ya se puede morir de hambre si quiere. Es una izquierda que sí, busca un mejor futuro, quizá incluso con una economía más o menos socializada, un estado de bienestar, una sociedad justa y justiciera, pero sólo para los que tengan la suerte de quedar de este lado de la raya... cosa que parece lo contrario al solidarismo, el internacionalismo y la justicia que deberían caracterizar a la izquierda.

Los trabajadores y los progresistas divididos por fronteras y enfrentados por banderas tienen menos probabilidades de hacer efectivas sus reivindicaciones que si luchan unidos.

Antinacionalismo

"Calle sin odio" en Antwerp, Bélgica, como parte de una campaña antixenófoba en 2006. (foto de google imágenes)

Ser enemigo de los mitos nacionalistas no implica buscar anular las identidades y pluralidad de los grupos humanos. Sería una tarea titánica. Pero sí se puede promover la integración de las distintas identidades en una identidad superior, sumar en vez de sustituir. El antinacionalismo no exige que nadie deje de sentirse como se siente, sólo busca que esa identidad básica se amplíe generosamente lo más posible: soy limeño o loretano o puneño como punto de partida, pero soy peruano pero soy latinoamericano pero soy humano. Y, de paso, lo mejor de todas las culturas me pertenece. No me puedo excluir de la pintura francesa por no ser francés, ni del blues del Mississippi por no ser estadounidense, negro y del sur.

Si Tsiolkovsky dijo, para argumentar en favor de los viajes espaciales, que la Tierra era la cuna del ser humano, pero el hombre no puede vivir para siempre en la cuna, lo mismo se puede decir de los regionalismos y los nacionalismos. Uno nace en su familia, su barrio, su población, su región y su nación. Pero no puede, ni debe, ni le conviene en justicia como individuo y como parte de una sociedad, quedarse allí para siempre.

La nación se basa precisamente en convicciones como "yo pertenezco aquí - yo no pertenezco allá - ellos pertenecen allá - ellos no pertenecen aquí". El antinacionalismo tiende a la destrucción de los estados nacionales en favor de una visión federal global. Yo pertenezco aquí y también en todo el mundo. No soy extranjero en ningún lugar y no veo a nadie como extranjero.

El nacionalismo es una de las más notables formas de la estupidez individual y colectiva, y la historia lo demuestra reiteradamente. Por eso me merece exactamente tan poco respeto como las religiones... finalmente porque en cierto modo es una forma de religión. Progresar hacia un mundo más justo, más equitativo y más libre exige no sólo luchar por la desaparición de los estados nacionales, sino la educación en la identidad esencial de todos los seres humanos, donde el hambre de otro valga tanto como la de uno mismo. Vamos, lo que ya dijo John Donne en el siglo XVII: "La muerte de cada hombre me disminuye porque estoy implicado en la humanidad" (any man's death diminishes me, because I am involved in mankind).